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sábado, 4 de abril de 2015

El medio social dominicano contamina hasta la amistad I








Por: Ramón Antonio Veras.
Dedico este escrito a mis puros amigos y amigas.

I.- Una explicación previa
1.- Mi formación personal con relación  a la amistad  la cultivé en mi niñez y juventud;  sin imperfección,  ni  mácula; la limpieza estaba en nuestra conciencia y la expresábamos en el trato sin mancha, franco, sincero y leal. Entre nosotros, los amigos y amigas de ayer, no se conocía  la mentira, el engaño; ni la  celada para  traicionar,  la emboscada para culminar ni la acechanza traidora.
2.- Me formé en una comunidad de amigas y amigos que nos tratábamos con  relaciones de afectiva  hermandad; el hermanazgo nos unía con afinidad; compenetración que no tenía limitación  alguna; cada uno generaba simpatía  hacia los otros; la camaradería fue la expresión  del querer mutuo que se anidó siempre en  nuestros corazones.
3.- En el contexto  de la narración anterior tiene el origen  mi actitud en torno a la amistad, y no  la percibo  de otra manera; mis convicciones están  construidas sobre el  trato mutuo, la reciprocidad compartida, en la correspondencia ligada por el afecto y la franqueza.

II.-  Motivación de este escrito  
4.- He sido impulsado a elaborar este escrito porque me ha llamado a preocupación el hecho de que personas que tenemos el mismo origen social y nos conocemos desde hace muuuuuchos  años,  desde niños, o nos desarrollamos juntos, ahora resulta que, al parecer, se han dejado contaminar por los vicios de la sociedad  actual que muy poco valora la amistad, y  para quien el afecto tiene, en algunos segmentos, un componente económico.
5.- Aunque el  estado de descomposición  que predomina en la sociedad dominicana de hoy es tan fuerte que quiebra hasta el acero, me  resisto a creer que un amigo o amiga de mi generación se deje resquebrajar su conciencia, su forma de proceder, por los vicios que genera este medio social  achacoso.
6.- A mis amistades de ayer,  les tengo   un espacio especial en mi corazón, pero esta distinción  no me impide comprobar la realidad de hoy;   sé que  el sistema que predomina  en mi país  debilita hasta las voluntades más  férreas,  y  las convicciones  más finamente cultivadas. Pero la amistad  adquirida en el fragor  de la vida diaria, una amistad de antaño, no puede caer en la fragilidad.
7.- La camaradería de antes  era encantadora, la  simpatía se advertía en el trato, primaba la cordialidad; manteníamos   comunicaciones gozosas,  celebramos las cosas más baladíes, no se percibía  ningún  recelo;   la confianza nos unificaba, la entrega mutua nos identificaba sin temor ni sospecha. Desconocíamos la malicia.
8.- Conocí la dedicación al amigo, la plena confianza,  la creencia en la palabra proveniente de él;  me daba seguridad su persona;  la esperanza firme para creer  en lo que  me decía me generaba tranquilidad; no había espacio  para la desconfianza, la duda ni el titubeo de creer en lo que me decía.

9.- Una amistad que nace en la niñez, la comunicación diaria en el barrio,  en la escuela primaria e intermedia, y  se extiende hasta la adultez,  está libre de incertidumbre; no hay lugar al titubeo en la conversación ni vacilación  en la entrega  a confiar el secreto; la decisión  es en firme, sin nada  de cuestionamiento; no se objeta ni se debate  lo que dice el amigo verdadero.

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